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Las dobles, aunque son fichas básicamente defensivas porque no pueden ser utilizadas para atacar al contrario ni para tapar su juego, juegan a menudo un papel decisivo en el desarrollo de la mano. Esto se debe a una lacra que las hace casi siempre fichas indeseables y mal recibidas por los jugadores: pueden ser ahorcadas imposibilitando su postura y, por tanto, nuestro triunfo. Es tal la incomodidad que representan las dobles que hay regiones donde se permite al jugador que al levantar sus fichas se encuentre con la desagradable sorpresa de que ha tomado cinco o más dobles pueda devolver las fichas para mezclar y repartir de nuevo. Sin embargo, hay veces en las que un doble se convierte en un arma muy importante que puede servir, por ejemplo, para evitar un cierre catastrófico o, por el contrario, para ponérselo en bandeja a nuestro compañero. Por tanto hay que saber jugar correctamente las dobles y saber en cada situación cuando ponerlas o no, cuando dejar que nos la ahorquen porque perseguimos algún objetivo más importante o cuando hostigar las dobles en manos de los contrarios con el fin de impedir su colocación (los puntos en los que se haga referencia al compañero, sólo se aplicarán, lógicamente, en caso de que estemos jugando una partida en la modalidad de parejas). ¿Cuándo corremos el mayor riesgo de que nos ahorquen una doble?. En el caso de que una doble sea la única ficha de ese palo que poseemos, la posibilidad es menor, ya que hay seis fichas de ese palo repartidas en manos de los otros jugadores y es poco probable que nos la ahorquen. El riesgo se incrementa conforme van aumentando las fichas de ese palo que acompañan a la doble, llegando al máximo peligro cuando son tres. A partir de cuatro fichas acompañantes es imposible que los oponentes puedan ahorcar la doble correspondiente (salvo que juguemos rematadamente mal y seamos nosotros los que propiciemos el ahorcamiento con nuestro juego). Como norma general establezcamos que las dobles se deben jugar en la primera oportunidad que podamos hacerlo ya que, en caso contrario, nuestro compañero pensará que no está en nuestro poder y tenderá a ahorcarla si puede. Esta regla tiene sus excepciones:
Si, como hemos comentado en párrafos anteriores, debemos evitar en lo posible que nos ahorquen las fichas dobles, también debemos tener en cuenta la posibilidad de ahorcar las que están en manos de los contrarios. Hemos dicho posibilidad y no obligación, como creen aquellos jugadores que dedican la mayor parte de sus esfuerzos a perseguir las dobles para ahorcarlas y no a desarrollar positivamente su juego o el de su compañero. Es muy interesante como medida de ataque ahorcar una doble que estamos seguros que no la tiene nuestro compañero, sobre todo si es de muchos tantos, para obstaculizar que pueda ganar la mano la pareja contraria, pero sin que esto constituya una obsesión que nos haga olvidar que lo más importante del juego de dominó a parejas es intentar desplegar un juego armonioso y concatenado con nuestro compañero, el cual nos pueda asegurar ganar la mano y por el mayor número de tantos posibles. Y una vez que hemos hablado de cuando debemos poner nuestras dobles y cuando perseguir la de los contrarios, tenemos que referirnos a una jugada heroica pero que a ningún jugador le hace gracia alguna cuando tiene que realizarla: Ahorcarnos nosotros mismos una ficha doble. A esta situación sólo se debe llegar cuando es absolutamente necesario para que domine nuestro compañero. Casi exclusivamente cuando a nuestro compañero sólo le queda una ficha que sabemos cual es y a nosotros nos quedan las dos últimas de un palo incluida la doble. En uno de los extremos de la cadena está el palo que nosotros dominamos en exclusiva y nuestra ficha mixta de ese palo es la que nuestra pareja necesita para dominar. Sólo en este caso, y si estamos seguros de que va a dominar nuestro compañero, deberemos sacrificar nuestra ficha doble en beneficio de la pareja. |
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